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En esta tercera y última “entrega” de la trilogía de Articulaciones en Riesgo hablaremos de la Rodilla.

En los anteriores capítulos hablamos de la columna vertebral y del hombro, recalcando que en ambos casos ese riesgo estaba relacionado con un aspecto evolutivo que condicionaba la eficiencia de ambos conjuntos articulares.

Sin embargo esto no ocurre con la rodilla, ya que ésta es una articulación fuerte y estable, y a la vez debe tener una buena movilidad.

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Hagamos un pequeño recordatorio anatómico: Podemos diferenciar en la rodilla dos articulaciones, la femoropatelar (entre el fémur y la rótula) y la fémorotibial (entre el fémur y la tibia). Hay que destacar también la presencia de los meniscos, dos almohadillas fibrocartilaginosas situadas entre los cóndilos del fémur y los platillos tibiales, cuya función principal (entre otras) es hacer más congruente la articulación fémorotibial, ya que las superficies articulares de fémur y tibia no encajan perfectamente. En la rodilla están presentes varios ligamentos, fuertes y muy importantes biomecánica y fisiológicamente; los ligamentos cruzados anterior y posterior (el ligamento cruzado anterior es el más importante para otorgar estabilidad a la rodilla), los ligamentos laterales (interno y externo), el ligamento transversal de la rodilla, los ligamentos patelofemorales (interno y externo) y el ligamento meniscofemoral posterior.

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Sobre la rodilla actúan gran cantidad de músculos, alguno de ellos de los más fuertes que tiene el cuerpo humano, ayudando a conferir mayor estabilidad a la articulación. Así, nos encontramos con el cuádriceps (vasto interno, vasto externo, recto anterior y crural), el conjunto de los isquiosurales (bíceps femoral, semimembranoso y semitendinoso), el tensor de la fascia lata, el sartorio, el grácil o recto interno, el poplíteo y el gemelo.

El principal movimiento que realiza la rodilla es el de flexoextensión, aunque posee una pequeña capacidad de rotación en posición de flexión.

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Ya revisado (muy por encima) el aspecto anatómico de esta articulación, pasamos a explicar por qué una articulación fuerte y correcta a nivel biomecánico pasa a ser una de las más castigadas por las lesiones.

En este caso aducimos un “mal uso” de la articulación como máximo responsable de este riesgo lesivo, entendiendo por mal uso una exigencia excesiva en algunos momentos sin tener la rodilla (su estructura y todo lo que la rodea) preparada para ello. Esto ocurre, por ejemplo, cuando nos enfrentamos a una actividad deportiva exigente de forma ocasional, sin realizar una preparación adecuada previamente, ¿cuánta gente va a jugar la “pachanga” los domingos como única actividad deportiva?, ¿cuántas personas se apuntan a una actividad de aventura de pascuas en flores sin haber entrenado nunca para ello?. Las lesiones de rodilla aumentan exponencialmente en este sector de población, y más aún cuando dicha actividad deportiva es con contrincante y puede existir contacto, ya que esto aumenta la incertidumbre de cada acción por un lado y la posibilidad de recibir impactos por el otro. Ambas cosas (la incertidumbre y el contacto), exigen que nuestro cuerpo, nuestras articulaciones y nuestros músculos tengan que adaptarse continuamente a la situación que se presente en cada momento, especialmente nuestro tren inferior, que es el que (en la mayoría de ocasiones) está en contacto con el suelo y nos permite mantener el equilibrio. Si nuestra musculatura (sobre todo la que tiene una mayor función estabilizadora) tendones, ligamentos, etc… no están lo suficientemente fuertes y aleccionados para responder adecuadamente a cada nueva exigencia,  es evidente que la probabilidad de lesión es mayor.

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También es importante incluir en el grupo de personas que realizan “mal uso” de la rodilla, a aquellas que practican habitualmente deportes de larga duración y repetición del patrón de movimiento (running, ciclismo,…) sin una preparación previa de la articulación y un trabajo de compensación muscular, ya que un stress repetido, por pequeño que sea (¿os suena la tortura de la gota?) termina derivando en graves lesiones de rodilla (tendinitis rotuliana, lesiones en cartílago, condromalacias,…) en atletas sin un adecuado trabajo de base. En cualquier caso, realizar actividad física de forma habitual y continuada se antoja fundamental para reducir el riesgo de lesión en la rodilla, más aún si tenemos en mente realizar actividades deportivas exigentes. Un buen trabajo de base de reforzamiento muscular y articular y una mejora de la capacidad kinestésica, de forma progresiva y guiados por un profesional, es la mejor manera de acondicionar y cuidar nuestra rodilla.

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